La gente de Mandinga Tattoo: gente que si.

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La gente de Mandinga Tattoo: gente que si.

La gente de Mandinga Tattoo: gente que si.

Tatua pezones para que la mujer recupere todo lo que perdió

 

Hablamos con un artista argentino del tattoo que reconstruye gratuitamente areolas mamarias a pacientes que, por causa del cáncer de mama, pasaron por una mastectomía.

Diego Staporoli lleva adelante, desde su concepción, a Mandinga Tattoo. Es el estudio más grande de Sudamérica: por sus camillas pasan personas que se mueven en el ambiente del jet set, la farándula; artistas y deportistas profesionales, de carrera internacional, tanto nacionales como extranjeros.

Además, realiza una convención anual de tatuajes de dimensiones faraónicas. Tiene un programa de televisión. Acompaña equipos deportivos. Dos libros. Apadrina escuelas y hospitales. Recibió honores de las cámaras legislativas, entre otros logros que resaltan.

Pero ninguno de estos laureles, hace que brillen los ojos de Diego como de la manera que lo hacen cuando habla de “El club de las tetas felices”. El nombre encierra una filosofía y un efecto sobre el ánimo. Si bien la medicina se ocupa de eliminar de la mejor manera posible el cáncer, la mastectomía —además de extirpar el tumor y la areola— deja una cicatriz que atraviesa la mama. Esto genera en algunas mujeres una percepción negativa de la apariencia de su fisionomía.

Por su experiencia, Diego afirma que el pezón es, en algunas mujeres un símbolo íntimo de la expresión de su femineidad. No tenerlos, se siente como perder parte de la identidad.

El comienzo fue una publicación en Facebook que en menos de 24 horas alcanzó a un millón de visualizaciones. Al otro día ya había mujeres solicitando turnos. Actualmente ya pasaron más de 500. Casi 900 areolas restituidas.

Diego transmite puras sensaciones positivas mientras cuenta la reacción de una mujer que llegó y se fue llorando; otra que se vio al espejo con la restauración recién terminada y lo abrazó en tetas; una señora que viajó 2500 kilómetros, cruzó una frontera internacional, y llegó sin siquiera conocer la dirección de Mandinga. Hoy en día, este tipo de cosas son las que la felicidad de Diego Staporoli.

Cuando comenzó a hablar del tema, no se detuvo salvo para responder dos llamados telefónicos. Casi no hizo falta que le haga preguntas, sólo le pedí que me cuente sobre las reconstrucciones de areolas mamarias como si fuese alguien que no sabe nada al respecto (le robé la idea al personaje de Densel Washington en la película “Filadelfia”). No tuvo que buscar ningún recuerdo. Cuando se largó, hablo de corrido, hilando un aspecto de la temática tras otro, tal como los apasionados suelen referirse sobre su pasión. Incluí algunos subtítulos, tan solo acomodar las ideas que se amontonan en el discurso con la dialéctica de la pasión altruista.

 

El inicio

Hace tres años se acerca un amigo y me comenta que en Puerto Rico hay un tatuador que, durante la semana mundial de lucha contra el cáncer de mama, realiza la reconstrucción de areolas mamarias gratis.

Poco tiempo antes de eso, le habían diagnosticado cáncer de mama a mi madre. A una tía, lo mismo. Mi abuela ya había muerto por esa enfermedad. Mi viejo había fallecido de otro tipo de cáncer. Mi hermano tiene linfoma de Hodgkin, que está controlado con un tratamiento, pero el cáncer es un cáncer y la cura nunca se puede dar como definitiva.

Yo no sabía, hasta ese momento, que cuando practican una mastectomía extirpan los pezones. Mi vieja me contó que mi abuela, después de la operación y durante cinco años, se bañó usando una remera. Para tapar las cicatrices y no verlas. En esa época no se implantaban prótesis de silicona, ella usaba un corpiño relleno de semillas de alpiste.

Hoy día, en Argentina, las obras sociales cubren las prótesis. Pero no hay técnica o no existe un implante de areola. La única manera de restituirlas es por medio del tatuaje. Entonces comencé a investigar y me largué a hacerlo. La primera persona que vino se llama Lidia, a veces me acompaña a los eventos.

Llegué a ser bueno en lo que hago. No sólo en lo que refiera a las técnicas de tatuado. En esa media hora me brindo entero. Las escucho, la mitad de las veces intento no quebrarme y la otra mitad hago lo que puedo con la emoción. Me hicieron parte de su vida. Me aman. Ellas se sienten felices. Lo transmiten de tal manera que una vez vino una mujer dijo “esto es el club de la teta feliz de Mandinga”. Ese es el nombre que quedó instalado.

 

Ellas

Está la mujer que viene ansiosa. La mujer que viene descreída. Hay mujeres que vienen aterradas, dispuestas a sufrir porque en la puta vida se hicieron un tatuaje. La gran mayoría tiene vergüenza de sacarse la ropa delante de un tipo desconocido, todo tatuado. Alguien que podría ser un pervertido y no lo saben. Pero cuando termino y se miran al espejo, la emoción explota de alegría. No pueden creer lo que les está pasando.



La técnica

Intento hacer las areolas irrealmente perfectas. Porque son todas irregulares en forma, color, tamaño, textura. Las de dos personas distintas, está claro, y las de una misma persona entre sí también.

Hago un cálculo para lograr que el tamaño sea más o menos el mismo. Después centro la areola en el pecho que le corresponde, no en relación con el otro pezón. Porque a veces las dos mamas no son simétricas. Los implantes no tienen la misma caída. En cuanto a la pigmentación de la piel, en el mercado hay una gama muy amplia de colores, y puedo lograr el tono que hace falta sin mayores problemas.

 

Su aporte en la recuperación

Nada supera el rol del médico que las sacó adelante. Pero emocionalmente, desarrollo una función muy importante en la mejoría de esas pacientes. Dejan de verse las tetas mutiladas cuando se van a bañar, a lo que se le suma la falta del pezón. La reconstrucción de areolas representa un cierre al tratamiento.

Para algunas, no hay nada más femenino que el pezón. Muchas mujeres dejaron de tener relaciones sexuales después de la mastectomía. Y retomaron su actividad sexual después de la reconstrucción. No por algún desprecio por parte de la pareja, por las limitaciones de su inseguridad.

Cuando las tatúo, tienen una contención. Les cuento mi historia. Que soy una persona que convive con la problemática. Vivo aterrado por el cáncer.

 

Hacerlo gratis

En una clínica de estética el procedimiento cuesta cerca de 10 mil pesos argentinos (un poco más de 300 dólares con el cambio actual, aproximadamente el sueldo de la mayoría de los trabajadores de Argentina).

Es un procedimiento que no sirve de mucho porque en un año se borra. Quienes lo realizan son personas que se dedican a otra cosa, empleados de la clínica que manejan otros métodos. No es raro que el resultado sea un trabajo mal hecho. No tienen noción de las técnicas, no sólo para aplicar la tinta en la piel, tampoco para lograr el realismo requerido: lograr en la vista el efecto de relieve, de tres dimensiones que tiene la zona.

Yo lo hago bien, cada vez mejor. Tan es así que vino Lorena Americanos, la actriz argentina que vive en México, que estuvo en “Pasión de Gavilanes”. Se vino desde México para hacerse las areolas, y no porque sea gratis: los pasajes de avión salen más caros.

Vinieron cirujanos y dueños de clínicas, a ofrecerme negocios. Me aseguraban un mínimo de clientes por semana que, al hacer la cuenta mensual es una suma nada despreciable. Y les dije que no. Podría haber recomendado a mi hermano, o a otro tatuador del local, pero no.

Han venido mujeres de mucha guita, que me afirmaron: “Si no me cobrás, no me lo hago”. No lo hago, y listo. Porque no le cuento las costillas a nadie. No me importa quién sea o que o cuanto posea. No lucro ni con la autoestima de una persona, ni con la femineidad perdida, ni la muerte que significa el cáncer.

Con algunas cosas no se puede lucrar. Sería hacer plata con la muerte, con la angustia, con el terror que emana el cáncer. El terror más grande para alguien con hijos, al saber que enfrenta una posibilidad cierta de morirse, es dejar a esos hijos desprotegidos.

 

2500 km desde Oruro, Bolivia, para recuperar las areólas en Lugano, Argentina

Cuando todavía alquilábamos un local en una galería, llego temprano para abrir el local y me estaba esperando una mujer, una chola. Lo primero que hago es lo que me enseñó la gente grande de antes (hola, permiso, gracias, por favor): Buen día. Mientras se para, me responde el saludo.

— Buen día. ¿Necesita algo doña? ¿Está esperando a alguien?

— Usted es el de las tetas.

— ¿Se refiere a las aureolas, a los pezones?

— Sí, ¿Usted es el de los pezones? Me ha llegado la información de usted que lo hace gratis, ¿Puede ser?

— Si. ¿Usted quiere averiguar algo?

— Vengo a hacérmelo.

Yo sabía que no teníamos turnos, pero tal vez lo tomaron cuando yo no estaba. Ella no sabía que había que reservar un horario. Al no tener teléfono donde vive, se vino directamente.

— Junté mis pesitos y me vine desde Bolivia, hace tres días que salí de mi casa en Oruro.

Yo estaba sorprendido. No podía entender cómo alguien puede hacer una cosa así. Ella prosiguió

— Necesito sacarme esto de la cabeza, para terminarlo de una vez.

La agarré de la mano y subimos las escaleras hacia estudio. Le serví un café, nos pusimos a conversar. Ella es una mujer que habla muy poco, vergonzosa. Hasta que llegó el momento y le digo: “vamos a hacerlo”.

— ¿Me tengo que sacar todo?

— Si, tenés que sacarte todo porque te tengo que ver. No tengas vergüenza.

— Justamente, tengo mucha vergüenza por cómo me veo.

No tenía implantes de silicona. Era un pecho liso. Ni siquiera sabía qué cosa son los implantes de silicona, ella estaba contenta con tener las areólas reconstruidas. Se tapaba con una mano y mostraba una parte del pecho. Le expliqué que me tenía que dejar ver todo, para que el trabajo quede resulte bien hecho.

Termino de reconstruir sus areólas. Se mira al espejo:

— Muchas gracias, señor Diego.

Se viste, y ya se iba. Le pregunté a donde.

— Voy a la terminal de ómnibus de Liniers, por ahí algún paisano me ayuda a regresar a Bolivia.

Ella no tenía pasaje de vuelta, tampoco dinero. Confiaba en la empatía de algún compatriota boliviano que pensaba cruzarse, y ni siquiera sabía dónde. Ella estaba contenta con tener las areolas reconstruidas.

Recién abría el local, no tenía plata. Fui a otro local de la galería, y pedí que me prestaran el dinero para pagarle el pasaje. Le expliqué como volver a Liniers desde Lugano. Las dos comunas están en la esfera de CABA, a 7 km de distancia entre sí.

Ella no quería aceptar. Contaba con que su familia estaba advertida que iba a tardar. Le insistí, me miró a los ojos y agarró la plata.

Se fue contenta, porque tenía las areolas reconstruidas.

 

Publicado originalmente por Fernando Núñez en: VICE.com

 



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